SOÑAR CON UNA PELOTA, CRECER CON UNA MAESTRA
- canchitadepapel

- 10 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 1 ago 2025
Entre pelotas improvisadas, dos maestras nos cuentan cómo acompañan a sus alumnos desde el lugar donde se mezclan la educación, el juego y el deseo.
Porque cuando la escuela escucha, se juega otro partido.
Por Victoria Ferrero
Una tapita, un peluche, una botella aplastada en un patio. Todo puede transformarse en pelota si hay ganas de jugar.
Flavia Rodas, profesora de artes visuales, lo ve en el patio de una escuela de Lanús donde, entre recreos, sus alumnos se organizan y arman partidos con lo que hay a mano. Lo hacen con una seriedad destacable, porque quieren ser buenos en eso.
Julia Rojas Monroy, maestra de grado, desde el barrio de Pompeya de la Ciudad de Buenos Aires, también lo confirma: "Los chicos traen los post partidos, cuentan cómo compiten, cómo les fue y contra quién se cruzaron. Lo maravilloso es que eso se comparte y sigue todo bien en el aula". Fútbol e infancia, dos mundos maravillosos que se retroalimentan para bien y para mal. Y cuando el deseo, la presión, los sueños rotos y las frustraciones heredadas aparecen, la escuela está ahí para mantener viva esas ilusiones.
Las maestras, en este caso, se convierten en una gran contención.

Julia recuerda un día particular en el que uno de sus alumnos, que jugaba en las inferiores de Huracán, llegó temprano. Se sentó, la miró y le dijo: "AFA me dejó libre, Seño". Así, sin anestesia, fue lo primero que le salió. Ella no sabía muy bien qué significaba para él eso de "quedar libre", pero al instante entendió que lo importante era escuchar y que esa escucha podía sostenerlo." El fútbol muchas veces se convierte en el único proyecto de vida", reflexiona, y es ahí donde la escuela tiene que meterse para desmalezar ese terreno de ideas preestablecidas. Flavia coincide en esa idea. El problema es pensar al fútbol como la única opción: "Los chicos compran la imagen de éxito total, pero no ven el proceso previo. No ven el frío, la escarcha, el entrenamiento de domingo, el llegar con lo justo para un boleto de colectivo". Entonces la escuela sirve como puente para conocer otros rumbos. Arte, música, literatura, talleres. Opciones. "Ojalá se les dé el sueño de ser jugadores, pero también hay que mostrar todo lo que eso implica. Y lo que también se puede ser", dice Rodas. A veces la escuela logra ser un abanico de posibilidades y otras veces, simplemente, se convierte en el único lugar seguro en la infancia. "Hay chicos que en sus casas no pueden hablar de lo que les pasa", cuenta Julia y agrega: "si dicen lo que sienten, posiblemente no sean escuchados y es ahí cuando la escuela debe ser refugio". También está el gran pilar de la familia que, cuando alguna de sus piezas se corre o está mal acomodada, puede llegar a titubear. Están las que proyectan, las que presionan, las que acompañan y las que, directamente, si les das a elegir, prefieren el fútbol antes que la escuela. Para Rojas Monroy ahí está el verdadero partido."¿Qué pasa si ese chico no llega? ¿De qué va a vivir? ¿Cómo sigue?", se cuestiona. En búsqueda de las respuestas a estas preguntas, surge como estrategia llevar al aula una de las preguntas que alguna vez le hicieron a Diego Armando Maradona de chico y trabajarla a lo largo del año: ¿Cuál es tu sueño? El Diego supo al instante qué responder: “Jugar un Mundial y ganarlo”. Pero, ¿qué pasa si los sueños que traen los niños y niñas no se cumplen? - ¿Esos sueños son propios o ajenos? ¿A lo largo del año el sueño sigue siendo el mismo?

Flavia escucha a pequeños soñadores de igual manera. Como el de un nene que un día se le acercó al banco y le dijo: "Profe, yo voy a llegar lejos. Voy a ser arquero y cuando trabaje de eso... te voy a comprar una casa".
Él también se lo dijo así, como si nada, en medio de una confianza trabajada.
“¿Cómo no lo vas a acompañar en ese deseo? Aunque no entiendo de fútbol, siempre les pregunto en qué posición juegan, dónde entrenan y cómo les fue. Lo importante es que lo disfruten", agrega. Que haya un adulto que abrace y contenga si el sueño tambalea, es esencial. Como el entrenador que decidió poner de titular a un alumno de Julia solo si este mejoraba sus notas. Y cumplió. "Parecen cosas chiquitas, pero son gigantes. Si hay un puente entre escuela y club, bienvenido sea", dice optimista y esperanzadora.
Si hablamos de sueños y perseverancia, hablamos de la Selección Argentina de Fútbol.
Esa que, al ganar una de las copas más deseadas y anheladas por muchos, creó al mismo tiempo millones de ilusiones en los más chicos.
Esa selección fue particular, contó con un jugador por cada provincia o región, y, aunque eran pocos, estaban ahí. Esto alcanzó para que muchos chicos y chicas, desde sus espacios, se sientan representados y sueñen, como cada uno de ellos alguna vez lo hicieron, con vestir la camiseta que los une bajo una misma bandera, la de Argentina.
La aparición de Emiliano "Dibu" Martínez despertó en muchos el deseo de ser arquero.
Hoy todos quieren ser el Dibu, como el alumno de Flavia que se soñó en el arco, llegando lejos con sus atajadas.

La pelota no para. Gira entre charlas, recreos y patios de escuela. El fútbol también enseña. Habla de frustraciones, de la espera, del trabajo en equipo, de entender que a veces se gana y a veces no. Y la infancia a veces también se trata de eso. De tener a alguien que te mire y te diga: no te canses de soñar, incluso cuando todavía no sabés a dónde vas. Y si en ese andar hay una pelota, que también haya un aula y una maestra. Que escuche. Que abrace. Que enseñe que si no se llega, no pasa nada. Que existen otros partidos, otros sueños y otras canchas donde todavía se puede jugar.
💬 ¿Sos profe, mamá, papá o entrenador/a? ¿Qué te despierta esta historia? Contanos en los comentarios, porque los sueños se potencian cuando se comparten.


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